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Conversaciones necesarias sobre alimento dentro de un panorama de-colonial

Una familia de agricultores palestinos cosechando aceitunas utilizando métodos ancestrales en la zona de Jenin, noviembre de 2015.
Una familia de agricultores palestinos cosechando aceitunas utilizando métodos ancestrales en la zona de Jenin, noviembre de 2015. Imagen de libre uso.
Texto:
Daniel Voskoboynik, Bruna Fontevecchia
En colaboración con:
Imágenes:
Una familia de agricultores palestinos cosechando aceitunas utilizando métodos ancestrales en la zona de Jenin, noviembre de 2015.
Una familia de agricultores palestinos cosechando aceitunas utilizando métodos ancestrales en la zona de Jenin, noviembre de 2015. Imagen de libre uso.
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Conversaciones necesarias sobre alimento dentro de un panorama de-colonial

Texto:
Daniel Voskoboynik, Bruna Fontevecchia
En colaboración con:
Imágenes:
Anchoa empezó desde la necesidad de que haya una diversidad de voces dentro del género del periodismo gastronómico. Buscando vincularse desde la pluralidad y la interdisciplinariedad que eso conlleva. Uno de los mayores disfrutes es poder colaborar con periodistas, académicos, agricultores, escritores, entre otros, en nuestras páginas impresas, en la web, o el podcast. Pero llega un punto en donde es inevitable cuestionarse qué fin tiene hablar de gastronomía, de alimento, cuando el mundo parece caerse a pedazos. 
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Imagen de libre uso. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Palestinian_farmers_harvesting_olives,_November_2015.jpg

Daniel Voskoboynik es un escritor y educador judio. Su trabajo se enfoca en el cruce entre la memoria historica, la migracion, la ecologia y los derechos humanos.

Bruna Fontevecchia es la co-fundadora de Revista Anchoa. Edita su edición impresa, digital y podcast. Nació en Buenos Aires, es judía, de ascendencia polaca, española, italiana y portuguesa. Le apasiona ver y entender el mundo desde la pluralidad y los derechos humanos, especialmente en torno al alimento.

Anchoa empezó desde la necesidad de que haya una diversidad de voces dentro del género del periodismo gastronómico. Buscando vincularse desde la pluralidad y la interdisciplinariedad que eso conlleva. Uno de los mayores disfrutes es poder colaborar con periodistas, académicos, agricultores, escritores, entre otros, en nuestras páginas impresas, en la web, o el podcast. Pero llega un punto en donde es inevitable cuestionarse qué fin tiene hablar de gastronomía, de alimento, cuando el mundo parece caerse a pedazos. 

No es algo nuevo encontrarse en las páginas de Anchoa decir que el sistema actual nos está fallando, que la soberanía alimentaria está cada vez más fuera de alcance. Basta con mirar a la Argentina, que encarna la paradoja violenta del apartheid alimentario: un país agro-exportador, con gran parte de su población que vive sin acceso a una nutrición digna. El panorama regional es aún más desolador: más de 432 millones de personas sufren hambre en América Latina.

Es desde una posición de privilegio que podemos elegir qué temáticas tocar en nuestras páginas, pero en estas épocas, donde el alimento es manipulado y utilizado como un arma de guerra, no podemos guardar silencio. 

Desde Anchoa, tomamos una postura de solidaridad con todo pueblo marginado y todo niño hambriento. La soberanía alimentaria y el acceso a la nutrición son derechos universales. Más allá de religión o acercamiento político, es importante dar visibilidad y abrir diálogos fértiles sobre temas que nos incomodan. No porque queramos causar ofensa o molestia, pero por que es nuestro deber como comunicadores dentro del periodismo gastronómico, del ámbito del alimento, poder dar a luz temas que necesitan espacios y contextos para poder desarrollarse. Nos da miedo ser malinterpretados pero entendemos que el crecimiento colectivo va más allá de los miedos individuales.

Creemos que desde la empatía podemos acercarnos en nuestras diferencias, alzando las voces que activamente se borran y silencian desde  la mirada hegemónica occidental. Latinoamérica quizás está físicamente lejos de lugares como Congo, Palestina y Sudán pero tomamos una postura de solidaridad con esas comunidades. Si las cadenas de suministro están globalizadas, también tienen que estar nuestras atenciones y afinidades.

El 31 de julio del 2025, en la ciudad de Hebrón en Cisjordania, las fuerzas militares israelíes atacaron con excavadoras y maquinaria pesada la Unidad de Multiplicación de Semillas del Banco de Semillas de la Unión de Comités de Trabajo Agrícola (UAWC, por sus siglas en inglés). Destruyeron los almacenes y la infraestructura de la unidad, donde se guardaban equipos esenciales, semillas y herramientas para la reproducción de semillas autóctonas. Es un acto de violencia hacia a los esfuerzos palestinos por preservar la biodiversidad local y garantizar la soberanía alimentaria.

Como explica la UAWC, “El Banco Local de Semillas es una de las iniciativas pioneras más importantes de Palestina para proteger la biodiversidad agrícola. La UAWC lo creó hace más de 20 años con el objetivo de recolectar, preservar y desarrollar variedades locales palestinas adaptadas a las condiciones ambientales locales, caracterizadas por su alta resistencia a las enfermedades y su capacidad para soportar condiciones climáticas adversas. Este banco de semillas incluye más de 50 variedades de hortalizas y otras especies vegetales, como tomates, pepinos, berenjenas, calabacines y muchos otros cultivos que han sido la base de la seguridad alimentaria palestina a lo largo de generaciones.”

Este horror, ocurre dentro de otro mayor: el asalto masivo a la población palestina en Gaza y Cisjordania. Decenas de personas en Gaza están muriendo diariamente a raíz de la hambruna y la destrucción de infraestructuras de salud. Decenas de personas están siendo asesinadas diariamente en puestos de distribución de alimentos comandados por fuerzas israelíes y empresas militares privadas. Nuestros colegas periodistas se desmayan del hambre en vivo y en directo. 

La Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC por sus siglas en inglés), es una iniciativa y un estándar global que clasifica la magnitud de la inseguridad alimentaria. La ONU ya ha declarado que Gaza ha entrado al grado más agudo de la clasificación - una situación crítica. El 27 de julio de 2025, la organizacion de derechos humanos israeli Btselem declaro lo que ya muchas otras organizaciones habian afirmado: que el estado de Israel esta incuestionablemente cometiendo un genocidio en Gaza. 

No es un caso aislado. El uso militar del hambre ha sido un elemento común en la política colonial y autoritaria, y las violencias en Palestina hacen eco de otras violencias similares en el mundo. En 2022, durante los primeros meses de la invasión a Ucrania, las fuerzas rusas bombardearon el banco de semillas principal del país en Kharkiv. En Sudán, en diciembre del 2023, las fuerzas paramilitares de las RSF saquearon y destruyeron el banco nacional de semillas en Wad Medani, que contenía miles de variantes de semillas de mijo, sorgo, entre otras. Hoy en día, las fuerzas de la RSF han asediado por más de catorce meses la ciudad de Al Fashir, impidiendo el transporte de alimentos y provocando una situación catastrófica de desnutrición.  

Este presente tan brutal se vincula con una larga historia humana de violencia alimentaria. Solo nos hace falta remitirnos a la hambruna orquestrada por el imperio británico las comunidades irlandesas a fines del siglo XIX, donde se estableció una monocultura que se llevó más de 1 millón de muertes y éxodos masivos. O la hambruna en Bengala en 1943, que se estima que generó aproximadamente 3 millones de personas, y que fue una de varias hambrunas en gran parte causadas por la política colonial del Reino Unido. Durante el Holocausto, las fuerzas nazis implementaron una politica de hambre como parte de una estrategia mas amplia de genocidio y destruccion.

Cada hambruna impuesta siempre es sumamente evitable. Miles de toneladas de alimentos esperan en camiones en las fronteras de Gaza, bloqueadas por las fuerzas militares. El problema nunca ha sido la escasez de comida, sino la justicia de su distribución. 

Comer siempre es un acto de reciprocidad y gratitud. No hay alimento sin agua ni suelo. No hay digestión sin las bacterias microscópicas que nos habitan. No hay recetas sin herencias de conocimiento y cultura. Todas y todos estamos aquí en este planeta porque fuimos alimentadas, si nos acercamos a la tierra como una gran Madre, podemos apreciar que esta relación no cesa en la infancia. Por más que nuestra cultura dominante nos intente convencer de nuestro aislamiento, nunca comemos solos. 

El activista brasileno Chico Mendes decía que una ecología sin justicia social, era poco más que jardinería. Nosotrxs también afirmamos que una gastronomía sin perspectiva social, es poco más que gula.

Nos invitamos a la mesa. Para dialogar, para discutir, para encontrarnos. Pero no se puede hablar en una hambruna. Desde Anchoa, escribimos para resembrar un mundo donde la comida deje de ser mercancía, y se vuelva derecho y deleite. 🐟

Bibliografía
Footnotes