El árbol que no tapa el bosque

Texto
Laura Litvin
Imagen
Sebastian Cestaro

Algarroba, la chaucha milagrosa del bosque nativo argentino. Promover su consumo es fundamental para evitar la tala indiscriminada de los algarrobales, proteger la biodiversidad, y poner en valor los saberes y el patrimonio cultural de nuestros pueblos originarios. En la actualidad, esta vaina ancestral ofrece posibilidades nutritivas, ecológicas y sustentables para quienes reflexionan sobre lo que comen.

Desde siempre, el algarrobo es un árbol venerado por los distintos pueblos originarios del Gran Chaco Americano y de El Espinal (la mayor superficie de bosque nativo de Sudamérica después de la Amazonía). Su copa globosa, su tronco y sus ramas extensas se distinguen orgullosas en estos paisajes de calor y silencio. Las raíces transportan la humedad de las profundas napas de agua y, en épocas de sequía –que aquí arrasa sin piedad–, los algarrobos están verdes, aportando humedad vital al ambiente, fijando el suelo y evitando inundaciones.

Los quechuas lo llamaban tacu, palabra que significa “el árbol”. Los españoles lo bautizaron algarrobo, porque es similar a una especie que crece en el Mediterráneo. El algarrobo es apreciado por sus múltiples usos: provee de leña y madera a los pobladores autóctonos, sus flores son artífices de una miel única, su madera densa es valorada para hacer muebles y el tanino que se obtiene es utilizado en tintes naturales. Sus hojas y corteza son protagonistas de infusiones curativas centenarias.

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